Con las suelas gastadas

Nunca le importó tomar un camino u otro, siempre había caminado hacia delante…

Pese al sol, hace frio y un viento incomodo que, a rachas, levanta el polvo del camino. El amanecer ha dejado blancas las hojas de la hierba, pero poco a poco pierden la escarcha y recuperan un verde oscuro.

Se sube el cuello de la cazadora a la vez que encoge los hombros. Una cazadora, gastada, que algún día fue de color marrón oscuro y que asoma cuero gastado por los dobleces del uso y algunas que otras roturas mal apañadas con parches. Las botas, también gastadas y ajadas, parecen del mismo color del camino por el polvo que se ha posado también en las perneras de sus pantalones tejanos.

Justo antes de llegar al cruce se para, levanta la cabeza y mira al horizonte, encoje de nuevo los hombros mientras los echa ligeramente hacia delante; esta vez no es por el frio. Con tranquilidad y otra vez mirando hacia la punta de sus botas, baja de su hombro izquierdo una mochila mientras se acerca al borde del camino. Se sienta en el suelo y apoya su espalda en un tronco seco, ennegrecido, seguramente quemado por un rayo de una tormenta lejana.

Se quita las gafas oscuras que tapan su color de ojos, y con el ceño fruncido por la molesta luz del sol, sopla los cristales. Sin cambiar el gesto, levanta ligeramente la cabeza y vuelve a ponerse las gafas. Enciende un cigarrillo, empezado,  y da una profunda calada mientras mira hacia el cielo y apoya su cabeza en el tronco seco. A la vez, sacude el polvo de una pernera del pantalón con un par de manotazos, sin perder la mirada, fija, pensativa.

Nunca le importó tomar un camino u otro, siempre había caminado hacia delante según le llevaban sus pies; pero esta vez, algo le hacía pensar, esta vez sí le importaba la ruta, quería llegar al final, dejar de caminar. Encontrar un sitio donde descansar, un sitio seguro, cómodo, tranquilo. Tiene que elegir un camino, aun sin saber donde llevaba, sabe con seguridad que será el último.