Poker

Ganaría la carta más alta. A una sola carta

No le gustaba jugar, sí lo había hecho ya en muchas ocasiones, pero no era su principal afición y no lo hacía siempre al mismo juego.

Pese a que no era cierto, tenía fama de no perder y apostar sobre seguro, siempre guardaba una carta escondida en su espalda que le había sacado de más de un apuro.

Entro en local y pidió un whisky sin hielo en un vaso bajo, se quedó mirando el vaso mientras le daba vueltas sobre el mostrador. Dejo de mover el vaso y se bebió el whisky de un solo trago.

No era el local con mejor fama de la ciudad, apenas si había gente. Una gramola cargada de humo daba ambiente algún sábado por la noche, mientras que la mayoría de los días, solo una radio hacía algo de compañía al camarero que se afanaba en secar, una y otra vez, unos vasos más gastados por la bayeta que por el uso de los clientes.

Se giro con tranquilidad, miró una oscura puerta, tomó aire y caminó hacia ella. Un señor, sentado en una silla junto a la puerta, impasible, con los brazos cruzados a la altura de su pecho, lo miraba de reojo mientras se acercaba a la puerta.
Abrió sin llamar y entró en una habitación poco iluminada. Sin decir nada, se quitó el sombrero y el guardapolvo. Un hombre obeso, sudoroso y con un puro barato en la boca, recogió el guardapolvo y el sombrero y los colgó en un perchero vacío.

En la habitación flotaba humo denso por encima de una lampara que colgaba desde el techo a pocos centímetros de una sobada mesa de billar.
A pocos pasos de la puerta de detuvo, sacó de un bolsillo de su chaleco gris un reloj de oro, lo colocó con habilidad en la palma de su mano, lo abrió, miró la hora y lo guardó de nuevo. Se acercó a la mesa de billar, allí le espartaba otro señor, apenas se adivinaban los rasgos de su cara por encima de la lampara, pero esta si iluminaba su ropa, un traje oscuro, muy caro, y una corbata blanca.

El hombre del puro se acercó a la mesa de billar, sacó una baraja y repartió una carta para cada uno.
El señor de traje caro arrastró un montón de billetes al entro de la mesa. El vació todo el dinero que llevaba en los bolsillos, añadió el reloj, un revolver con un nombre grabado que no era el suyo, unos papeles y lo arrastró con las dos manos hasta el centro.

Esta vez se lo jugaba todo. Todo lo que tenía. A una carta. Estaba toda su vida en el centro de la mesa de billar. Esta vez no había juego, no había posibilidad de trampas, no podía usar la carta que siempre tenía guardada en su espalda. Era sí o era no. Solo ganar todo o perder todo.
Ganaría la carta más alta. Ninguno de los dos jugadores toco su carta. El hombre del puro barato levantó las dos cartas.