Escaparate

“Oh! Vaya! Se lo han llevado!”

Faltaba ya poco para que terminase el invierno y los rayos de sol a primera hora hacían agradable el andar por las calles.

Todas las mañanas, de camino, pasaba frente a la tienda que hay justo antes de la esquina. Todas las mañanas se paraba frente al escaparate y miraba apasionada el abrigo que lucía el maniquí. Algunas veces, paraba, se acercaba al escaparate, ponía sus manos en la cristalera, acercaba su cabeza y se quedaba mirando impasible. Un abrigo ideal para ella; pero por el momento inaccesible.

Un par de veces, en un alarde de valentía a demás de mirar desde el escaparate había entrado en la tienda, con timidez, le había dicho a una dependienta que por favor le dejase verlo y probárselo. Estaba hecho a su medida, aun que hay que decir que era una chica alta, con una estupenda figura y, sobre todo, muy estilosa; una de estas personas que producen la envidia de cualquiera en un almacén de ropa, que siempre les sienta bien todo.

El abrigo tenía un tacto aterciopelado, suave, muy suave. Sus solapas eran amplias, moldeables, calientes, muy acogedoras, ideales para los días de mucho frio. Su forro era, cálido, agradable, y la sensación de llevarlo puesto era increíble para ella, el abrigo le abrazaba, le daba calor a su destemplado cuerpo, sentía una estremecedora sensación de bien estar  y más cuando lo ajustaba a su cuerpo  a la altura del pecho y la cintura.

Al regresar a casa, todos los días, sin perder tiempo se dirigía a la cómoda de la habitación, abría el primer cajón de la izquierda, sacaba una pequeña cajita de madera y la destapaba, metía las manos en sus bolsillos con ansiedad, sacaba una pocas monedas y las ponía dentro de la cajita, la cerraba, suspiraba y la volvía a guardar en el primer cajón de la izquierda de la cómoda, cerraba el cajón y salía de la habitación con una sonrisa ilusionada y soñadora.

Al pasar por aquella tienda, por la tarde, de camino a casa, volvió a mirar el escaparate, pero el abrigo no estaba.
Oh! Vaya, no está! Se lo han llevado! – Incrédula y visiblemente triste se acerco y miro de nuevo el  escaparate colocando sus puños cerrados en la cristalera. Con la cabeza baja, retomo el camino, mirando al suelo mientras pensaba: Unas monedas más, solo unas monedas ¡No es justo!

Subió a casa, fue directa a la cómoda de su habitación, abrió el cajón donde guardaba su cajita de madera, abrió la caja y la volcó sobre el mármol blanco de la encimera de la cómoda, recogió todo el dinero y bajó de nuevo a la calle. Entró en otra tienda, junto a la puerta de su bloque, buscó la rebeca más bonita que tenían y se la probó (desde luego, le quedaba perfecta) sin dudarlo, se dirigió al mostrador, la pago, el tendero la puso dentro de una bolsa de papel con asas de anea, ella la recogió y la subió a casa.

¡Mañana estrenaré chaqueta! y aún me sobra dinero para un capricho más, una caja de bombones, por ejemplo

Aquella chaqueta le trajo calor y suerte…

Al poco de comenzar la primavera, gracias a una amiga de la infancia consiguió trabajo en una fábrica de la ciudad, no muy lejos de su casa y con un buen sueldo ya que era un puesto de encargada de sección, lo que le daba bastante holgura económica.

Había cambiado su vida y la dirección de su caminar, ya no pasaba por el escaparate de la aquella tienda, ya no se encontraba en su camino diario.

Tras la primavera, el verano, el otoño y casi un nuevo invierno, mientras paseaba sin rumbo, paso por la tienda del escaparate donde tanto había soñado, vio unos fantásticos zapatos y entró a probárselos, esta vez no había ningún motivo para no comparar. La dependienta le pidió que se sentase mientras le acervaba los zapatos y ella miraba con una clara sonrisa y tranquilidad todos los apartados del interior. De repente, su mirada se paró en un rincón, algo le resultaba familiar. Se acerco tranquila, despacio pero con curiosidad, en aquel rincón, bajo el cartel “OCASIÓN” vio un abrigo. El abrigo tenía un tacto aterciopelado, suave, muy suave. Sus solapas eran amplias, moldeables, calientes…

Era aquel abrigo, con el que tanto había soñado, el que había atraído su mirada hacia el escaparate día tras día… y recordaba, recordaba mientras acariciaba su manga, suave, muy suave, con un tacto aterciopelado.