Etiquetas

, , , , , ,

Niebla

…una niebla fría y húmeda que calaba hasta los huesos.

No era el mejor momento ni el mejor sitio para andar solo a esas horas, pero conocía el camino y la zona, llevaba allí más de media vida.

Se veían los halos de luz de las farolas en la densa niebla, una niebla fría y húmeda que calaba hasta los huesos. No solía ser una calle muy transitada pero menos un día de entresemana y de madrugada, el silencio era casi absoluto, únicamente se escuchaba el ruido de sus zapatos andando por la mojada acera.

Hizo caso al estropeado cartel que decía “bar” junto con una flecha parpadeante y algo ruidosa de neón que indicaba bajar. Bajo las escaleras dejando caer el peso en cada escalón, sin ganas, como si no tuviese otro remedio. Aun que por allí tampoco había muchas opciones donde tomar algo.

Antes de abrir la puerta ya se notaba el olor a tabaco y licor rancio que una vez dentro se hacía mucho más intenso. Se dirigió a la barra, cogió un taburete y lo acerco hasta él arrastrándolo por el suelo lleno de colillas y algunas servilletas de papel. En el bar no había música, toda la animación estaba en un televisor cargado de polvo y humo con la imagen pálida y agrisada, muy acorde con el ambiente, la barra de mármol estaba desportillada y marcada por los culos de los vasos y las botellas, en el techo un ventilador daba vueltas lentamente, seguro que para ventilar aquel antro sin ventanas, pero lo único que conseguía era remover el humo.

Se acerco el camarero, sin ninguna prisa, y llamándolo por su nombre le preguntó:

– “¿… que te pongo?”
– “Un coñac” – contestó.

El camarero se giró, cogió una botella de la polvorienta estantería y le sirvió un brandy barato. La verdad es que no había mucho más y donde elegir, y mucho menos coñac. Puso los dedos índice y anular en el pié de la copa y sin levantarla del mostrador la agitó haciendo círculos, paró, sacó un paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo, el camarero sonrió levemente y le dijo:

“Eso mata, chaval”

El contestó:

– “¡Qué más da!” – mientras miraba la copa.

No había más de seis o siete clientes en el bar, ni conversaciones, excepto la de un borracho que hablaba con la presentadora de los anuncios de tele-tienda. La única mujer, con apariencia gastada, vestida a la moda de ya hacía algunas décadas, pintada de forma extravagante y exagerada, solía insinuarse a todos los del bar por un trago; lejos quedaban los días en los que ganó dinero de esa misma manera, pero el alcohol había dejado su cuerpo maltrecho y poco deseable.

La mujer se acercó a él.

– “Hola guapo, te hago compañía durante un rato si me invitas a algo.”

Ni siquiera la miró. Ella siguió hablando, esta vez con un tono menos insinuante y más compasivo.

– “¿Cómo has terminado aquí? Este es un bar de viejos noctámbulos y solitarios. Tu aún eres joven, míranos a nosotros, el camarero abre el bar porque apenas duerme y no tiene con quien compartir las noches, los demás… los demás solo buscamos un sitio donde no pasar frio y tener cerca a alguien, aun que apenas nos digamos nada.
Pero tú, tú aun eres joven… ¿me invitas a un cigarro?… Tú eres joven. Siempre has estado acompañado, siempre te he visto con amigos… y chicas. Y ahora te veo solo, como un alma purgando penas. No tendrías que estar aquí ¿Por qué vienes a este antro? Sal por ahí… a mejores sitios.”

Sin decir nada, abrió su paquete de tabaco, le dio un cigarrillo y fuego, se terminó de un trago lo que le quedaba y mirando a la mujer sonrió con una sonrisa floja y de medio lado, se apoyo en la barra, buscó al camarero y le pidió otra copa de coñac. Mientras, pensaba en los días en los que le habían visto con amigos… y chicas… levanto la mirada al techo, suspiro, y pensó de nuevo en salir por ahí, en mejores sitios…