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Atardece que no es poco

Atardece que no es poco. De María Goikoetxea

Desde allí había casi un día entero caminando hasta la estación, para ser más exactos, desde el amanecer hasta el atardecer.

Hacía rato que el sol había dejado lo más alto del cielo para ir acercándose al horizonte; él no necesitaba reloj, sabía en todo momento la hora que era y notaba como poco a poco iban pasando los minutos.

Pese a sus intentos de aligerar el paso no conseguía andar más rápido, sus pies doloridos apenas le permitían avanzar y cada paso era un tremendo esfuerzo, un suplicio cada apoyo en el suelo, vano el intento de correr si a duras apenas podía dar tres pasos sin arrastrar los pies.

Veía ya la estación desde hacía rato y con el sol a la espalda, su sombra se alargaba en el camino como intentando llegar a ella lo antes posible.

Era una pequeña estación de comarca, convertida ya en poco más que apeadero (aún que todos le seguían llamando “la estación”) y gracias a lo llano del terreno se podía ver a mucha distancia la llegada y la salida de los trenes.

Apenas faltaban quinientos metros para llegar y el tren ya había entrado en ella.

Seguía caminado, sin parar, maldiciendo el dolor y las llagas de sus pies, un dolor que cada vez era más intenso y hacía que sus piernas cedieran poco a poco en cada paso. El sol teñía de un naranja intenso el camino y los campos, las sombras eran cada vez más largas y estiradas y la luz del día iba perdiendo intensidad. Pese a maldecir sus pies, pese a su esfuerzo y su rabia, sabía que no llegaría a la estación a tiempo; faltaba poco para que el tren se pusiese en marcha, su andar no era tan ligero como antes y el tren tampoco paraba tanto tiempo como lo hacía, pero la imposibilidad de caminar rápido por culpa del dolor le angustiaba.

De repente paró, y a punto de maldecir, calló, y cambió sus palabras por un suspiro, miro al cielo con los ojos tristes y bajo la cabeza para ver, con resignación, como se marchaba el tren, como poco a poco y cada vez más rápido dejaba la estación.

Con los pies destrozados, se sentó en un banco, dándole la espalda a las vías. Miró, encorvado y apoyando los codos en sus rodillas, hacia la puesta de sol. Mientras, pensaba que había perdido el tren, que no pudo llegar a tiempo de cogerlo, pocos trenes pasaban ya por la estación, pocos paraban en ella. Pensaba en el asiento que había dejado vacio y le dio por imaginar quien se sentaría en el, como sería. ¿Hombre? ¿Mujer? ¿Alto o alta? ¿Bajo o baja? ¿Dónde irá? ¿Estará todo el trayecto sentado/a? ¿Llegará hasta el final del recorrido? ¿Se apeará pronto? …

Tras la arboleda, desojada, el sol va bajando como un plomo en el agua, las primeras estrellas anuncian la llegada de una noche serena, una noche que él pasará en la estación, seguramente en la abandonada sala de espera, frente a la barra de la cafetería que ya nadie regenta.

Antes de que los últimos rayos de luz desaparezcan, él se quita los zapatos para descansar sus pies, con poco esfuerzo, pone uno sobre su rodilla de la pierna contraria, y con cuidado pasa las manos intentando aliviar el dolor, así con los dos. Recoge sus zapatos, uno con cada mano y antes de ponerlos de nuevo les sacude el polbo pegando suela con suela, un extraño ruido le lleva a mirar dentro de ellos, les da la vuelta y los sacudió de nuevo, esta vez son golpearlos el uno contra el otro.
Pequeñas piedras salen de cada uno de los zapatos, pequeñas pero suficiente para hacer llagas en sus cansados pies, suficiente para ralentizar su paso, suficientes para impedirle correr, suficiente para llegar a tiempo.

¡Ay! Si hubiese mirado antes sus zapatos en lugar de quejarse de sus pies, si los hubiese mirado antes de quejarse del camino o si los hubiese mirado antes de pensar que cada paso era difícil.

Si lo hubiese hecho, seguramente no habría perdido el tren y no tendría que imaginar quien se sentaría en aquel asiento.