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Sin título Fotografía de María Goikoetxea

Sin título Fotografía de María Goikoetxea

Cada vez que abres los ojos e inicias un nuevo día, tu sonrisa inunda mi alma, una alegría incomparable abre mi corazón, lo posee y se transporta como una vitamina por todo mi cuerpo.

No hace mucho que me he levantado y oigo unas palabras balbuceantes, a la vez que estiras tu cuerpo, desde el otro lado de la casa. No importa lo que esté haciendo ni lo que tenga que hacer, el tiempo se detiene para todo menos para acercarme a ti.

La luz entra por la ventana, filtrada por un estor que compramos con idea de que alegrase la habitación y los rayos cálidos inundan e iluminan todo. He de reconocer que hasta ese momento, para mi aún era de noche.
Sin darme cuenta me voy impregnando del olor suave y agradable que se mezcla con el del café recién hecho, un olor a esperanza, a vida, a ilusión. Un olor a amor profundo.

En tus ojos abiertos, se refleja todo y da más intensidad a los colores, más luz a la habitación e ilumina mi mundo despejando las nubes de lo cotidiano, la oscuridad de los pensamientos tristes y rompe las barreras del “no llego” y del “no puedo”.

No podré dejar de ver… de soñar con tus ojos ¡jamás!

Tu boca se abre de repente, se alzan las comisuras de tus labios y una alegría, muy propia de ti, me arranca una sonrisa cada vez que te veo despertar, o simplemente, cada vez que te veo.

De tu boca, de tu sonrisa, salen duendes que recorren el mundo. Duendes traviesos, inquietos, juguetones, vivos, muy llenos de vida. Duendes que se agarran a mis pantalones, que tiran de ellos y se meten por mi ropa hasta atravesar la piel y te bendigo por ello.

No podré dejar de ver, de soñar con tu boca, con tu sonrisa ¡jamás!

Sé que mi vida no es tu vida, pero la tuya siempre será la mía, por los siglos de los siglos.

 

Dedicado a la dueña de los ojos que siempre miran mis relatos en este blog. Y que es también la dueña de mi corazón.